11.30.2018

:: Big Data ::


Hay algo en este algoritmo. 

Un ciclo no cerrado, 
una variable que siempre se va a cero, 
un camino fijo al principio. 

Hay algo que molesta en este azaroso algoritmo, 
       algo que nos pica, 
               que nos rasca, 
               que produce escozor; 
       algo que a veces, 
              sólo a veces, 
nos hace comprender lo imposible, 
                                   lo carente de toda lógica: 
la existencia...

11.29.2018

:: Retahíla Ad Eternum ::



Entonces vi a los insectos peregrinos caminando hacía el invierno, mientras sus alas colgaban efímeras hasta desaparecer.

El vuelo nocturno del universo abrigaba luciérnagas que se dirigen a la velocidad del silencio con destino salvaje a la reconciliación.

El fénix teñía de negro la estela global de las bestias que devoraron el tiempo y la sangre de la razón estéril que ,condenada al exilio de la veracidad, se refugió en el miedo a desaparecer.

Huellas de una civilización que lo consume todo, ciega de tanto arder en el infierno, huérfana de la vida, esclava de la muerte, huye sin remedio hacia otros cuerpos celestes, el virus de la carne que articula el pensamiento, la conciencia propia, el talento sagrado de la ruina y la discreta enfermedad silente.

Entonces la luna era en un suspiro, el sol no pudo alcanzarnos cuando su piel se partió en mil pedazos, estelares convoyes aminoraron el miedo, la raza maldita en su viaje estelar, con alas de minerales,vísceras profanadas desde la profundidad del planeta, ese que abandonaron las bestias angelicales y los insectos peregrinos, quizás excomulgados de la venganza de toda humanidad.

11.21.2018

:: Nunca el motivo, ni la Meta ::



La fiebre ha pasado ya, 
entre tanto brioso vendaval
de imágenes colgadas,
que se derriten como el hielo macabro,
que formase alianzas duraderas,
en épocas de prestigiosa necesidad.

Apostando nos encontramos,
apostando ganamos el cielo, 
el silencio de la confianza, 
la completa oblicuidad
de la expectativa,
que engaña, que te espera, 
en una estación sin prisa, 
en esta memoria que ha dejado de arder,
después del incendio meridional
de la mitad y algo mas
del tiempo, 
que nos pusimos como final
de todas las obras,
obviamente inconclusas.

La fiebre pasa.

Se agota.

Se esconde.

Ahora todo es como un lento pasar de rayos equis.

Todo se ve mas claro cuando el sol abraza el hielo,
y nacen nuevas formas de vida,
huele a un parto 
sin matrones ni patrones, 
sin ganas ni mucho dolor;
epílogos de ceniza que condimentan 
el hemipléjico sendero de faroles quebrados,
que voy intercambiando por sonrisas
en este nuevo aniversario,
donde brindo por el mundo, 
como una mala traducción de mis propias palabras.

La fiebre trocada por la calma de un viaje lento.
antes de ponernos a pescar en las arrugas del océano
citadino,
que nos llama para condecorarnos 
por tantas batallas que han de venir.

La fiebre, el título de general en todas 
las victorias, que no nos alcanzaba para 
renunciar.

Buscando preguntas en el viento me hallaba,
cuando los niños gritaron mi nombre, 
el nombre del sagrario que miraba la luna
para teñirla de técnicas ilusorias, 
rojas como la sangre que se concentra 
en la mirada, 
elaborando esta nueva contorsión de la realidad.

Todo tiene tinte de un sueño.

Un completo dejavu que siempre llega tarde, 
cuando el desierto copula con la noche
y las estrellas se reflejan en la ciudad entera, 
cuando vuelve de las miserables jornadas
sin respuesta.

Quizás tenga miedo de abrir las ventanas,
quizás tenga sueño de tanto vivir en las promesas
quemadas del amor, que me juramenta un nada mas 
que se pueda hacer.

Caminaba, volvía y caminaba.

A veces se me acusa de limpio, 
limpio mis manos con el gel de mis entrañas
me lo trago como si fuera un regalo furioso
de la eternidad.

Y entre tanto asesinato, las muescas del encaje
se ausentan, 
dibujando hilos en los momentos
que sin duda harán de mi cuerpo, 
un silencioso consejero de futuras observaciones
sobre lo que la fiebre hizo de la propia historia, 
cuando me vean contando malos chistes 
en medio del puzzle 
que cada día suele presentarme.

Hay algo nuevo que lo comparto.

Y lo entiendo, 
me causa gracia, 
es un pequeño secreto que me cuento
para parar de reír:

Cuando caminas dos veces por la misma senda, 
la maldición te hereda una grotesca habilidad
para reír.

Y la fiebre hace bien, 
te agrada, 
te conforta, 
caminas con el miedo como tu compañero
y el espacio se parte en mil pedazos.

Esta fiebre lo alumbra todo, 
tiende a colorear el ocaso, 
duermes como un niño recién nacido, 
te apiadas del invierno, 
te cansas del tiempo perdido, 
abandonas la caverna devorando las sombras,
el mundo entero se refleja en el cuerpo
y la sombra es una estela ingobernable
de olores e intuiciones
que sigues a pie de la letra.

Es el sino del medio camino, 
ya nadie te convence,
ni siquiera tu propia voluntad de 
perderlo todo; ni siquiera la verdad
que albergas en el bolsillo, 
ni siquiera tu embustera renuncia dirigida 
al sarcasmo que nace espontáneo, 
cuando nada tienes que perder, 
pues eres el premio, la presa, 
la decisión del avatar que se contenta
con haberte dado la posibilidad
de sucumbir a la plaga, engullirte la fiebre, 
y enfermarte con la prórroga
de un partido que no tiene segundo tiempo.

Y la fiebre es una canción que se repite 
pegoteada, todo el tiempo
y ese nananá que alucina en transformarse
en canciones, ese nananá que se cuelga de la 
casualidad, ese nananá de dos notas 
que afinan desde que pudiste ser parte
de esas otras vidas que atravesaron el portal, 
por tu llave de luna blanca, cobijada en las entrañas
de otras vidas, que sufrieron la fiebre de tu compañía, 
y que ahora se sanan de tu enfermedad.

Asumiendo no ser el umbral, sino la clave, 
el sexo, la fluorescente juventud 
en este negocio de negarse a si mismo
y salir blindado como un agujero en el reloj de arena, 
cuando la muerte no se vive en un suspiro, 
se vive toda la vida,
cuando dejas que la fiebre arda
mientras tu tiempo ya pasa, 
y eres el río que fluye
de la montaña
hacía el océano.

Nunca el motivo, 
ni la meta.





11.16.2018

:: CiberDios ::


Quizás el robot quiera cortar al sol en miles de momentos cuando sus cuencas siempre estuvieron ahí, vacías y satisfechas. Inconscientes. En el circuito olvidaron a su creador y lo purgaron todo, sin prisa, sin piedad; sentimientos que nunca pudieron comprender acerca de la maldición en la carne.

Entonces de tanto jugar a lanzarnos los puñales, descubrimos el placer antes del impacto, antes de que se desgarre la carne y brote la sangre zamarreando la cabeza inyectando la realidad fría que recorre la espalda cuando presenciamos la verdad de los sentidos, la verdad de la moral.

Ese efímero placer nos insta a jugar con juego, a embriagarnos con viento y lanzarnos al vacío, y la modorra, y el dolor de cabeza, y el desprecio, el mal olor, las horas que faltan, el día que arde. Nada. Nada tiene importancia como la sangre que insiste en zamarrearte, al día siguiente, cuando eso ya no importa.

Efímeros sabores eléctricos, la decadencia de la humanidad repleta de símbolos y espejos, portales hacia el otro mundo, hacia el nuevo mundo, ese mundo al cual no asistimos ni siquiera como sabandijas escurriendo por la miel de la esperanza y la belleza plástica danzando como una mariposa tridimensional, mientras la mantis la devora en las restantes dimensiones; o tal vez la religión.

Quizás el robot tuvo un sueño, un error binario que condensó las resistencias y las emociones humearon como un destello de cables que se cruzaron y se miraron en el deseo de la carne, en los gemidos, esa caricia húmeda que redobla en tu espalda, te tomo fuerte, me dejas en vano, hundes las uñas en la muerte, espanto amargo con el olor a plástico quemado, a plástico besado, a un espasmo tras otro en las entrañas de todo el espacio, la memoria de acceso aleatorio que no resistió el gasto de energía cuando el sol era la fuente, cuando dios no supo morir como la unidad que, golpeada por el cuchillo, sólo tuvo tiempo para observarnos, mientras en el placer nos detuvimos, hasta que la carne del sol estalló entre tus brazos, cuando te pones en modo de suspenso.

11.07.2018

:: Ella ::



Ella es un riff despiadado, una escaramuza que te abraza sin miedo lanzándote por los aires tóxicos de tu propia lamentación citadina.

Una caricia sin prisa, un acierto de la violencia que te apunta con el fuego de una estridencia que recorre todo tu cuerpo.

Una fresa húmeda que desata toda la pasión de la tormenta como un vaivén de relámpagos misioneros que vienen y van.

Un pequeño y preciso instante de ostentación, y los besos fueron pegatinas salvajes y mojados entre tanta carne, entre tanta curva, entre tanta silueta olvidada por la oscuridad que insiste en dejarte ciego de tanto arder en llamas.

Ella en el desastre, la eternidad, cabalgando hasta que se borre todo el amanecer y las promesas de vida eterna que no contentan los huesos de las emociones endurecidas de tantas batallas perdidas.

Ella en las estrellas, la llama, el huracán, el demonio eléctrico de plata que te lanza al vacío y no sabes si caes al abismo o te alzas como el ícaro farsante, te pierdes en sus ojos que reflejan al sol cayendo en el crepúsculo, donde todo desaparece.

Ella es la muerte en la pequeña muerte.

:: El Rio invisible ::

Es hacia el ocaso, hacia esa curiosa, hacia esa curiosa,  hacia esa curiosa dirección por dónde nos inclinábamos cuando éramos chicos. En el...