Es hacia el ocaso, hacia esa curiosa, hacia esa curiosa, hacia esa curiosa dirección por dónde nos inclinábamos cuando éramos chicos. En el tiempo y contra el tiempo ahora comprendo lo valioso, lo meramente valioso, lo angostamente valioso, lo que se nos escapa por las manos y se resbala como el agua que no podemos agarrar.
Y es el ocaso un refugio para nuestro propio dolor auto infringido, encarcelado en nuestras pueriles ideas vagas, directamente proporcionales a nuestra historia sesgada por la cultura y las ondulantes siluetas que se transformaron en sombras que se acomodan en los capítulos de nuestra propia historia, historia que no divulgaremos ni revelaremos a nadie. Tal es el compromiso con el placer, la vergüenza y la indómita persecución del futuro, para el futuro, con el futuro pero sin ganas de perderlo todo.
La condena es redonda, circular a nuestras decisiones, sin grandes vértices que podrían equilibrar el caos de un agujero que se dobla en forma de una nueva esperanza marchita, como reza la maldición de toda nuestra raza, que duerme por la noche confiada en que abrirá los ojos al amanecer.
A veces por la noche sueño que camino fumándome un cigarro y Soy testigo de una calle larga y las calles están vacías, las casas deshabitadas hay una luz al fondo suele ser una avenida principal y cuando llego a ella tampoco hay nadie los autos están detenidos la suerte gime al otro lado de la esquina cuando miro hacia la derecha o hacia la izquierda da lo mismo mis ojos enfocan la misma dirección sin sentido mi dirección obligada.
Ya no me queda voz para los gritos, pero no importa, curiosamente hay calma en el segundo tiempo. Las hojas se caen de mi cuaderno, los árboles susurran historias que no entiendo, después de tanto andar me duermo escuchando otras historias, las viejas historias las que nunca pude leer.
Despierto como me levanto, contento de estar vivo, el alma en calma la confianza intacta, hay algo que me dice que...
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