:: Casuales inconsecuencias ::

 


El precedente sabe que no puede alborotarse como una mañana sin misterio, 

congelada, 

aludida 

hacia el olvido de los miles de días que se marcharon lejos y se olvidaron de ti. 

Es el torbellino siniestro que se adula y se acaricia, 
se conmueve de su propia indolencia, 
gira como un discreto murmullo que no supo cambiar su admiración por aquel que le supo interesante, 
ese que le hablaba y lo invitaba, 
ese viento extraño que soplaba lejos, 
al otro lado de la gran montaña por donde cabalgaron los insensatos, 
siglos anteriores, 
liderando estoicas migajas que cambiaron por una libertad que nunca pensaron venderlas en el mercado de la ingenua malversación de emocionados discursos de marmotas que gritaron con sangre: 
¡Libertad!
Ese precedente sabe que los filmes de inicios del siglo veinte, 
por donde los que se amaron juraron encontrarse en viejas plazoletas escondidas de toda la memoria, 
mienten. 

Y vaya que si, que mienten. 

Mienten porque el amor despues, 
el amor despues se pausa, 
se calma, 
usa el precedente como un escudo, 
tanquea los que alguna vez fueron las cimientes de una fortaleza inexpugnable, 
ahora las ruinas hablan de la distancia, 
de las paredes roídas por el óxido de la servidumbre hacia nuestros espejos que nublados los ojos se fueron enamorando de los días que se fueron, 
y hoy ya no abren la puerta a extrañas promesas que fantasmas van y vienen, desaparecen y gustan de sembrar anhelos en vano,
 cuando la cosecha tardía de los encantos, 
suele estropearse en los pensamientos cansados de una media vida que aún busca,
 el goce del amanecer. 

Ese amanecer tranquilo que cuerpos fatigados por el polvo de estrellas,
 en la pequeña muerte imaginaria, 
los ojos encerrados por cuatro hermosas paredes de historias que se juntan,
 y, 
en eco de una ventana, 
las estrellas se marchan tranquilas, 
gozosas, 
cambiando el jolgorio de los embustes, 
por un día que cuelga el letrero del sol, 
como ese llamado grotesco para devolverse 
y en el tiempo olvidado, 
se juntan los días como calcomanías que coleccionamos en un rincón que siempre se pierde, 
siempre tienden a un precedente atesorado en el mayor de los altares, 
cuando la mirada se refugia en el horizonte, 
y el mundo desaparece...por un instante. 

Meditaciones perpetuas de un minuto, 
a veces avanzas sin mucho detenimiento, 
es el viento o la montaña, 
la magia o la espada, 
el hielo de la suerte, 
o el fuego de nuestra emancipación, 
la cortina rota, 
de tanto abrirle las ventanas a ese terco murmullo que nos susurra y nos llama, 
como tantas otras veces, 
al sendero inagotable de la espectativa, 
con el precedente salino de las mejillas cansadas de tanto esperar, 
es la erosión de ajadas y emotivas despedidas, 
el despilfarro de la historia arrancada como hojas de un libro que no queremos colocarlo en la estantería del misterio ni de la complejizada desolación de un suspiro dejado en la última estación, 
pañuelos que se levantan en mi cabeza, 
para despedir el aroma de una historia, 
que no supo ser consecuente

...ni siquiera con el precedente.



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