La fiebre.
La palabra tan dócil como la nieve.
El tiempo asecha la presa carnal de los minerales.
El soplido insecticida.
Las cicatrices de la tierra no demoran en arder.
Humo.
Hojarascas de pellejo quemado, cielo en rojo amanecer furioso.
El océano.
La limpieza final de la virulenta suciedad del lenguaje.
¿ Que es el lenguaje sino una estrategia grotesca que nos apunta con el dedo meñique de los dioses?
Relajación de los músculos de la muerte, naturaleza que paga el precio del exilio.
Silencio.
Ataraxia final y definitiva del planeta celeste, que espera tranquilo la expansión del sol.
La fiebre.
¿Y quienes somos para citar la palabra como el escupitajo sagrado de los dioses, para enjaular los pájaros divinos que quisieron volar, a expensas de la negación silvestre de la esperanza?.
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