El arroyo seguía su camino pequeño,
por sobre la tierra erosionada,
en Coquimbo,
una de las últimas calles que aún no sufre la plaga gris
del cemento.
Una hoja se soltó de la mano de su madre,
sabiendo que la muerte estaba cerca,
y saltó,
no le tuvo miedo al viento,
ni a los riesgos de quedar estupefacta
y con un horizonte conocido.
No.
La hoja tuvo un misterioso acierto,
cayó en el cauce perfecto.
Yo la vi cuando abrió sus brazos,
la vi cuando era arrastrada en andas por el agua y los sedimentos.
La vi perderse en la esquina de San Enrique,
Camino al Marga Marga.
Iba feliz.
¿Y quienes somos para citar la palabra como el escupitajo sagrado de los dioses, para enjaular los pájaros divinos que quisieron volar, a expensas de la negación silvestre de la esperanza?.
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