Ella suponía un abrazo. mientras el roncaba. Su mirada se perdía en el techo, como una postal de la eternidad. No sabía ni cómo (ni cuando) hubo un espacio en común. Distante se dibujaba la paz que obtuvo hace un par de años, viviendo el tedio de una relación dormida. Al final, es todo tan humano. Bastaba un simple gesto para volver a creer en algo, y lanzarse al vacío de lo tan novedosamente desconocido. Se preguntaba que hacía ahí acostada, en silencio, para no despertar a nadie, ni mucho menos a si misma. Reflexionaba sobre la expectativa de lo consumado, la seducción notable que por siglos ha perpetuado nuestra especie; esa búsqueda inagotable del encaje perfecto, la vacilación de la duda, rompiendo las ramas de un árbol marchito, para elevar al cielo la hoguera de la pasión. Aún sentía sus besos almidonados con el vino, degustaba su cuerpo e...